Vivir asi

Al tiempo que el controvertido virus Covid- 19 entraba en nuestro horizonte de sentido capitalista e instalaba la idea de un mundo de peligro, el capitalismo ejercitaba su pirueta más extrema y más audaz: la reclusión. Es así que ante la amenaza de muerte terminamos todos encerrados. Cada uno era el prisionero de si mismo, de su vecino, de su policía, de su político corrupto; si te atrevias mínimamente a cuestionar algo te saltaban 20 policías ocultos entre las matas a decirte que eras un asesino. Un propiciador de un virus del que aún hoy no se sabe nada. 
Mientras en nuestra provincia una manga de mafiosos se enseñoreaban escudados en las armas que el pueblo les dio para defendernos de los malandras. Una torsión increíble desde la lógica pero se imaginarán: el sueño de cualquier mafioso. Su propia guardia para reprimir a los insurrectos. Pasaron casi 90 días, en los cuales no se pagaban los sueldos adeudados, no se podía ir a trabajar y tampoco se podía protestar. De cosas que nos quedaron claro es que podíamos despotricar todo lo que quisiéramos en las redes. Nos gastamos los dedos twitteando, horas y horas de compartir estados de Facebook. A nadie le importó. El capitalismo en su último gesto nos dejó el derecho a quejarnos por las redes manteniendo la débil ilusión de que estábamos haciendo algo. El panorama era desesperanzador. Pero surgió Minessota. En las antípodas de nuestro mundo. Lejos, lejisimo de una Patagonia extensa y con pocos habitantes. Pocos pero resistentes. Pocos pero apegados a su tierra. Y luego apareció Seattle y sus comunas. Y muchos renovamos la ilusión. El sueño de la autonomía quizás no está tan lejos. Si el distrito de Capitol Hill pudo, quizás en esta Patagonia castigada por malos políticos y por sueños de poder y extractivismo soñados a más de 3000 km, podíamos oponer algo. Una organización asambleario que ya tiene muchos años de resistencia. Muchos sabemos que no queremos vivir así: recluidos, amenazados, expropiados de nuestros bienes comunes. Si el capitalismo tiene que caer, que caiga. No nos vamos a morir porque el sistema caiga. Seguramente vamos a morirnos si no cae. Moriremos envenenados, fumigados, hambreados y enfermos si no cae. Un mundo de Capitol Hills es la esperanza. Autogestión es quizás la salida. Resistencia y la dosis suficiente y necesaria de desobediencia civil. Porque vivir encerrados y asustados no es vivir. Vivir así no tiene sentido. 

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